La reunión mañana por la mañana
Nada puede ponerme de peor humor que una reunión laboral pautada a primera hora de la mañana. El encuentro de trabajo iniciando el día sólo puede significar el mal inicio de algo que ya, per se, es una tortura descomunal: la rutina diaria de la oficina.
A mí, el inicio de la desgracia me llega siempre el día anterior entre seis y siete de la noche, cuando, por algún bizarro y desconocido mecanismo de autodestrucción mental, recuerdo que tengo esa cita pendiente para la próxima jornada laboral. Esta primera y violenta estocada viene seguida por el acto mecánico de revisar en el calendario –mejor dicho, en uno de los tres calendarios físicos y otros dos virtuales que empleo y lleno de anotaciones de todo tipo y casi siempre utilizo para verificar lo desgraciado que seré mañana en la mañana– y corroborar que esa revelación de último momento de la tarde es siempre verdadera. Porque, en ese sentido, mi mente, funcionando como un pasquín amarillista vespertino –siempre lleno de malas noticias–, se ha acostumbrado a jugarme indefectiblemente la pesada broma de recordarme, siempre de forma inevitablemente certera, que mañana habrá una “Reunión de Status sobre el Proyecto de Desarrollo de Oportunidades Orientadas al Aprovechamiento de los Recursos Preparados para el Buen Funcionamiento de la Organización y Lograr de esa Forma el Cumplimiento de los Objetivos Estratégicos de la Corporación”, o algo similar o en el mismo estilo incomprensible, siempre, eso también siempre, incomprensible, el motivo de la reunión.
He descubierto para mi infelicidad, y creo que la de muchos otros que se encuentran en la misma situación que yo, que este tipo de evento corporativo, muy común en organizaciones sumamente organizadas y con una estructura interna muy jerarquizada, suele ser pautado los días viernes, día en el que al miembro promedio de los niveles medios y bajos de la corporación no le queda prácticamente ni una sola neurona en normal funcionamiento, bien sea por el afán esclavista de todo buen jefe de una empresa con historia de rentas exitosas o por el afán del trabajador de olvidar, sistemáticamente, todas las noches y por medio del alcohol, el afán esclavista de su patrono.
En algunos casos, no muy extraños tampoco, estas reuniones pueden ser pautadas cualquier otro día de la semana, lo cual no disminuye el dramatismo de la situación: además del inevitable recordatorio del día anterior entre seis y siete de la noche, se sumarán circunstancias extraordinarias que parecen formar parte del plan divino de la estrategia organizacional del Siglo XXI: esa noche, la anterior a la reunión a primera hora de la mañana, o bien hay que hacer una entrega urgente de la “Propuesta de Negocio y Comunicación Dirigida a los Públicos Alternativos y Nuevos Mercados Buscando la Maximización de la Ganancia y la Reducción de la Inversión de Capital Monetario y Humano”, o se presenta la “Fiesta Anual de Reencuentro de las Oficinas Regionales Destinada a Fortalecer los Lazos y Aumentar la Sinergia en la Organización”. No importa cuál, ambas son incomprensibles, insufribles e inevitables, y, nuevamente, llevan al trabajador a esa situación de desgracia laboral que es el esclavismo o la alcoholización para olvidar el esclavismo.
Nunca son buenas noches esas que vienen antes de una reunión a primera hora de la mañana, el sueño nunca viene fácil, miles de pensamientos revolotean en la oscuridad que rodea a la cama, o la deshidratación inclemente consecuencia del exceso de “espirituosidad” en el cuerpo, nos impide lograr el descanso merecido. Es bastante probable también que justo esa noche el vecino esté celebrando las Bodas de Oro de sus abuelos, en un despliegue inigualable de mal gusto que incluye reggaetón y merengue de los ochenta saliendo por unos parlantes que, a juzgar por como suenan, deben ser también bien ochentosos, niños corriendo y gritando por el patio trasero y viejas con voz ronca alquitranada riéndose siempre a todo volumen en grupos de más de cinco.
Ya habiendo conciliado el sueño, aparecen unas imágenes muy difusas, pero con un diálogo inevitablemente presente:
-¡Shiamo! ¡Dame la llave conio!
-¡No chamo! No te voy a dar las llaves porque estás muy rascao´, guón.
- Cállate afffeminao’, que yo empezzé a manejá cuando tú todavía te cagabas encima los pan... (eructo) talones...
- No le des las llaves mi vida, está demasiado borracho.
- ¡Cállate pajúa! Tú lo que necesita ej un macho que te eche una buena cogía...
De pronto, un golpe seco.
- (quejumbroso) Aaaaaaayyy...
- Coñoelamadre... ve y busca ahí a Rolando, dile que este guevón no puede manejar ni de vaina...
Los ojos abiertos y la continuidad de las voces sirven para comprobar que no todo era sueño, sino que los borrachos de todas las reuniones vecinas están haciendo lo que les es propio: rematar con broche de oro la celebración de las bodas de oro.
- (sufriendo): uuuuurrrggghhh... (luego una tos ahogada)
- Maldito cerdo de mierda...
Habrá que contar ovejas nuevamente para poder volver a quedar dormido. Siete, ocho, nueve diez once... Este idiota vomitando en la calle y yo mañana en la mañana tengo reunión... Diecisiete, dieciocho diecinueve...
Las mañanas en las que tenemos reuniones a primera hora de la mañana son siempre iguales, y por siempre iguales simplemente quiero decir que son difíciles. Nunca podemos despertarnos a la hora que deberíamos, que es por lo menos media hora antes que de costumbre, para poder llegar a “primera hora” a la oficina –está de más decir que nunca llegamos a esas horas de la madrugada a la oficina–. Esas son las mañanas en las que no escuchamos el despertador, o justo la mañana en la que, a ese mal aventurado prodigio de la era industrial, le da por quedarse sin baterías. Son casi siempre mañanas en las que uno despierta con dolor de cabeza, sea por resaca, sea por mal sueño. Son las mañanas en las que no nos alcanza el agua caliente en la ducha y en realidad no nos importa, porque estamos tan apurados que el duchazo es una simple excusa para echar agua bajo las axilas y mojarse el pelo y procurar un peinado más o menos presentable para la reunión. Las mañanas con reuniones a primera hora de la mañana son en las que corremos con los pantalones a medio poner, la camisa aún desabotonada, las trenzas desatadas y cuando estamos saliendo de la casa tenemos que regresarnos porque hemos olvidado cepillarnos los dientes, tropezamos con el borde de la mesa de las llaves y nos fracturamos el dedo meñique, mentamos la madre de la mesa (no tiene, pero se la mentamos, “¡el coño e’ tu madre mesa de mierda!”) y luego nos rompemos la encía cepillándonos a toda velocidad sin vernos en el espejo.
Está comprobado científicamente y sin lugar a ninguna duda que los días en los que uno está muy apurado son los días en los que peor está el tráfico en la ciudad. Partiendo de este planteamiento resulta absolutamente lógico decir a continuación que las mañanas con reuniones a primera hora son las mañanas en las que las calles están absolutamente colapsadas. Carros accidentados, semáforos dañados, abuelitas atropelladas y camiones de mezcla de cemento van sucediéndose en el tortuoso recorrido al lugar de trabajo. En este tipo de mañanas llegar con vida y con el auto entero a la oficina es una hazaña digna de libro de récords, o por lo menos un logro propio para ser narrado en una reunión con los amigos –una de esos encuentros en los que bebemos hasta poder olvidar el sistema esclavista al que pertenecemos– e incluso susceptible de pasar a los anales de la historia personal y familiar, para cuando seamos abuelos y no tengamos mejores cuentos que contarle a los nietos.
Pero lo peor, lo más insoportablemente triste, lo inexplicable e incomprensible de las reuniones a primera hora de la mañana, es que cuando logramos llegar a la oficina, estacionamos el carro, bajamos y corriendo tenemos que parar y volver en nuestros pasos porque se nos cayó la carpeta en la que llevábamos impresa toda la presentación o la propuesta o el boceto o la trascripción o la agenda o lo que sea que esté relacionado con la reunión, después de todo esto y de subirnos en el ascensor y comprobar que vamos con quince minutos de retraso que no es tan grave, después de llegar a la sala de conferencia con una gota de sudor cayendo por la sien derecha, después de abrir la puerta y darnos cuenta de que falta más de la mitad del aforo, incluyendo todos los pesos pesados que fueron invitados, después de todo eso y de que hagan bromas porque llegamos corriendo y con mala cara y con los lentes oscuros puestos aún, después de todo eso y de tomarnos una botella de agua mineral de tercio de litro en cuestión de diez segundos y medio, se nos pasa por la mente la siguiente frase:
- Menos mal que no ha empezado la reunión...
Como por un instante olvidar que lo que viene, que esa reunión de primera hora de la mañana a la que todos debíamos llegar puntuales, la reunión para discutir los Pasos a Seguir para la Reestructuración de los Procedimientos de Producción Dirigidos a los Públicos de los que no sé ya Nada y no me Importa ya Media Mierda Nada, como por un instante, decía, olvidar que esa reunión es lo próximo que tenemos que enfrentar en esta tan dificultosa vida oficinesca y además olvidar también lo que ya sabemos, que es que, muy seguramente, esa reunión va a ser una absoluta pérdida de tiempo que ya nos hizo perder tiempo, sueño y energía vital, y que, para colmo de males, es sólo el inicio de lo que ya sabemos que es una tortura descomunal: la rutina diaria de la oficina.
- ¿Qué? ¿Yo de mal humor? No vale, es que no dormí muy bien...
Y con cierto disimulo quitarnos los lentes oscuros y restregarnos con dos dedos los ojos.
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