miércoles, 20 de junio de 2007

La vida accidentada

A Cori y Elio, recién casados

Una persona camina por la calle y pasa al lado de centenares de otras personas, y las ve o no o las ve pero no las observa, y sigue el trayecto de su caminata como si nada. ¿Y si alguna de esas personas era la persona? ¿Esa con la que se supone que es como la media mitad, el complemento perfecto, el par ideal? ¿Cómo es posible saberlo? ¿Cómo se hace para encontrar a ese otro entre esa gente de ese trayecto, entre ese centenar que después de diez días de recorrido ya sobrepasa los miles y que en el trayecto entero de la vida son millones, en distintas calles, lugares, ciudades y países?

Imposible saberlo. Un día se cambia el recorrido y en vez de la calle se va por el parque y del verdor florece esa persona que es esa persona sin duda alguna; florece el encuentro y florece un sentimiento verdadero, de esos que no marchita.

Pero en realidad, puede que esto nunca suceda.

La vida es una sucesión de accidentes, y en ella, la vida, o entre ellos, los accidentes, el encuentro de dos personas es una fortuna improbable. Saber que dos seres como ustedes, Cori, Elio, se encontraron y se unieron, es saber que ese azar, ese sino, ese albur o destino es improbable, pero también posible.

¡Felicidades! ¡Los quiero viejos!

viernes, 8 de junio de 2007

La noche y el miedo


Es la décima vez que escribo o que trato de escribir. En realidad es la décima vez que me siento a escribir y realmente escribo algo, todas las veces anteriores no pasé de abrir el procesador de palabras y dejar una y otra vez el documento en blanco. Cerrar. ¿Desea guardar los cambios? No, no hubo ningún cambio, ninguna de las veces anteriores. Sólo cerrar y apagar la computadora y una vez más tratar de cerrar los ojos y apagar la pensadora en esas noches oscuras en las que no se escribe, noches que se cargan con los miedos de siempre y otros nuevos, como ese nuevo miedo de la hoja en blanco, que incluso después de haberla dejado sin usar no la termino de dejar del todo porque se niega a quedar en el olvido.

martes, 5 de junio de 2007

Las peluqueras sin trabajo


Horas frente a la pantalla después de una semana entera de trabajo. Agotado. Necesito un descanso, un respiro. Entonces recuerdo esa frase que dijo de repente sobre la hora muerta, en la que las peluqueras andan sin trabajo y peinándose y chismorreando entre ellas, y cuando lo recuerdo sonrío, y cuando sonrío recuerdo también que esas frases, esas salidas sorpresivas, inesperadas, divertidas, fueron las que me hicieron ver en ella a alguien mucho más que especial.

Entonces mi sonrisa se mantiene, pero es, de cierta forma, una expresión que encierra algo completamente distinto a la sonrisa de sólo un instante atrás.