A Cori y Elio, recién casados
Una persona camina por la calle y pasa al lado de centenares de otras personas, y las ve o no o las ve pero no las observa, y sigue el trayecto de su caminata como si nada. ¿Y si alguna de esas personas era la persona? ¿Esa con la que se supone que es como la media mitad, el complemento perfecto, el par ideal? ¿Cómo es posible saberlo? ¿Cómo se hace para encontrar a ese otro entre esa gente de ese trayecto, entre ese centenar que después de diez días de recorrido ya sobrepasa los miles y que en el trayecto entero de la vida son millones, en distintas calles, lugares, ciudades y países?
Imposible saberlo. Un día se cambia el recorrido y en vez de la calle se va por el parque y del verdor florece esa persona que es esa persona sin duda alguna; florece el encuentro y florece un sentimiento verdadero, de esos que no marchita.
Pero en realidad, puede que esto nunca suceda.
La vida es una sucesión de accidentes, y en ella, la vida, o entre ellos, los accidentes, el encuentro de dos personas es una fortuna improbable. Saber que dos seres como ustedes, Cori, Elio, se encontraron y se unieron, es saber que ese azar, ese sino, ese albur o destino es improbable, pero también posible.
¡Felicidades! ¡Los quiero viejos!
miércoles, 20 de junio de 2007
viernes, 8 de junio de 2007
La noche y el miedo

Es la décima vez que escribo o que trato de escribir. En realidad es la décima vez que me siento a escribir y realmente escribo algo, todas las veces anteriores no pasé de abrir el procesador de palabras y dejar una y otra vez el documento en blanco. Cerrar. ¿Desea guardar los cambios? No, no hubo ningún cambio, ninguna de las veces anteriores. Sólo cerrar y apagar la computadora y una vez más tratar de cerrar los ojos y apagar la pensadora en esas noches oscuras en las que no se escribe, noches que se cargan con los miedos de siempre y otros nuevos, como ese nuevo miedo de la hoja en blanco, que incluso después de haberla dejado sin usar no la termino de dejar del todo porque se niega a quedar en el olvido.
martes, 5 de junio de 2007
Las peluqueras sin trabajo

Horas frente a la pantalla después de una semana entera de trabajo. Agotado. Necesito un descanso, un respiro. Entonces recuerdo esa frase que dijo de repente sobre la hora muerta, en la que las peluqueras andan sin trabajo y peinándose y chismorreando entre ellas, y cuando lo recuerdo sonrío, y cuando sonrío recuerdo también que esas frases, esas salidas sorpresivas, inesperadas, divertidas, fueron las que me hicieron ver en ella a alguien mucho más que especial.
Entonces mi sonrisa se mantiene, pero es, de cierta forma, una expresión que encierra algo completamente distinto a la sonrisa de sólo un instante atrás.
domingo, 27 de mayo de 2007
El olor de los domingos
Caminé por la misma calle de todos los domingos. Me dirigí sin duda alguna al sitio al que me dirigía, de la forma como uno camina cuando conoce de sobrada memoria el rumbo y el destino, sin mirar mucho a los lados, a los edificios, los carros o las personas, y sin embargo, al llegar al sitio ese al que me dirigía sentí que no sabía dónde me encontraba. Sólo entonces empecé a ver a los lados, a los edificios, los carros y las personas y caí en cuenta de que realmente no sabía dónde estaba: era la calle de los domingos, de todos los domingos, y sin embargo no era capaz de distingir ninguno de sus trazos, ni sus colores, olores o sabores.
¿Puede alguien imaginar un domingo que no huela a domingo? Yo no puedo, por eso estaba perdido.
Al principio me invadió el pánico, mirando a mi alrededor me di cuenta de que no conocía a nadie. ¿Dónde estaba entonces? Hace un par de días estaba en una ciudad lejana en la que no conocía a nadie. ¿Acaso no había salido ya de esa ciudad, no había vuelto de aquel viaje? ¿Por qué estaba nuevamente solo? Caminé y seguí sin reconocer tipologías o rostros, traté de evaluar las conductas y ninguna me pareció familiar. Una señora cruzó mi camino y le habló a su hija, fui incapaz de entender su conversación, pero sentí o quise sentir que estaban hablando en mi mismo idioma.
Entonces ya no estaba en la ciudad lejana en la que no conocía a nadie y de la que había vuelto un par de días atrás. ¿Dónde estaba entonces? Antes de esa ciudad lejana había estado en otras dos en las que conocía y conocí a muy poca gente. En la primera de ellas se hablaba una lengua distinta a la mía, en la segunda se hablaban dos idiomas, incluyendo este en el que me expreso. ¿Estaba de vuelta en esa ciudad?
Salí del lugar al que había entrado sin siquiera darme cuenta que había entrado en lugar alguno. Me encontré nuevamente en la calle que pensaba era la de los domingos, lo había olvidado por un instante o simplemente no terminaba de internalizarlo, como nada del resto de las cosas. La calle de los domingos… Pero aún no estaba del todo convencido de estar en la calle de los domingos porque no podía distinguir su color ni su olor o sabor. Claro, pensé, seguramente hoy no es domingo, es lo más lógico, a veces uno olvida los detalles más elementales. Los domingos son los días en los que fruteros y verduleros instalan su mercado, el viejo del jugo de caña se coloca al lado del teléfono público destartalado, se oyen las campanadas de la gran catedral vecina y un fuerte olor a café colado se cuela por las calles más angostas del vecindario, calles coleadas de épocas pasadas. En las más amplias y modernas sólo huele a smog y a civilización con gasolina sin plomo.
Los fruteros, verduleros, el café. Esas son las cosas de los domingos y ni una sola de ellas pude reconocer.
Caminé hasta conseguir una venta de periódicos. Tomé un diario y lo hojeé disparatadamente. Muy mal, hoy es domingo, pero entonces no se trata de uno de los domingos que te hablé, porque esos siempre tienen su olor a domingo. ¿Dónde estoy?
Dejé el periódico nuevamente en el anaquel después de cerrar nuevamente sus pliegues y de haber visto sin observar su nombre irreconocible y sus páginas en blanco y negro y alguna publicidad a color que tampoco logré identificar. Lo puse nuevamente en el anaquel y creo que el encargado del puesto me reclamó algo que no escuché o que escuché pero no atendí o no entendí, así como había pasado mi vista por varias noticias que vi pero no entendí y de la misma forma como leí en todas las páginas la fecha, domingo 30 de diciembre, sin lograr en ninguna de las ocasiones entender cómo era posible que fuera domingo, realmente domingo otra vez.
Caminé nuevamente por la calle que conocía pero no reconocía y me sentí indefenso, por lo que no me quedó más que volver a casa.
Permanecí el resto del día acostado, sin ánimos de hacer nada, pues cualquier cosa que hiciera no sabría si realmente la estaba haciendo o no. Esperé o soñe que esperaba por horas despertar, sobresaltarme y abrir los ojos de forma repentina y con un poco de susto y así lograr nuevamente encontrar la realidad, ubicarme no ubicuo y finalmente entender lo que sucedía y, sobre todo, saber en dónde me encontraba y si realmente era domingo. Pero no, aunque creía que lo hacía, aunque me sentía desposeído de mis propias facultades y de mi discernimiento, aunque me sentía ajeno a las sábanas y la habitación y su techo, aunque todo lo que me rodeaba destilaba un fuerte hedor onírico, no pude saber si despertaba o seguía dormido, tal vez porque ya estaba despierto o soñaba con los ojos abiertos. En ese mal sueño mío que tal vez nunca soñé seguí esperando y tratando de despertar hasta que desperté, y continué con las actividades básicas de la vida, comí, dormí y desperté nueva y repetidamente, oriné, hablé con mis parientes, cagué y repetí esas actividades una y otra vez por los siguientes días sin poder desprenderme del extrañamiento que se posaba sobre mis hombros y que me hundía en unos días de desconcierto absoluto.
Cuando me atreví a salir de casa nuevamente, o soñaba que eso hacía, manejé en un auto que se me hacía ajeno a pesar de ser el mío propio, o por lo menos eso creía. Crucé en esquinas distintas con los nombres que ya conocía, me detuve en semáforos insospechadamente familiares y atravesé vecindarios y lugares en los que no me perdí por conocer de sobrada memoria pero que no logré identificar. En un momento dado toqué la bocina desesperadamente esperando que la mujer que aparcaba del otro lado de la calle volteara y me reconociera, pero no pasó ni una ni otra cosa, no sé ni siquiera si toque la bocina para que alguien voltease y me reconociese, y nunca pudieron haber sucedido ambas, o ninguna de ellas, esa mujer no habría podido reconocerme puesto que nunca habíamos sido presentados, por lo menos yo no la habría reconocido si realmente la conociese.
Aceleré y traté de conducir a un lugar donde pudiera encontrar mucha gente, pero en el trayecto me di cuenta de que no sabía o no sabría jamás a dónde dirigirme.
Finalmente pude llegar a un centro comercial. Estacionando el auto golpeé una pared con el guardafango. Apagué el motor y me bajé y observé el daño que había ocasionado y no supe evaluar si había sido leve o no tanto. Alcé la mirada y vi la hilera de autos aparcados, luego levanté el brazo y vi en mi mano un llavero que nunca había visto ¿O sí? En él estaban las llaves del auto, de ese auto que no se parecía al mío, esas llaves de ese auto extraño en un llavero extraño. Entré en pánico, lo que me faltaba en este sueño lúcido surreal era convertirme en ladrón de autos. Cerré los seguros de las puertas, activé la alarma y guardé la llave en el bolsillo del jean. Caminé y no aguanté el contacto del llavero con mi pierna derecha, no soportaba el peso de ese puñado de llaves robado. Saqué el manojo del jean y lo lancé en el bolsillo de la chaqueta, espacioso y profundo.
Entré en el centro comercial y caminé sin rumbo pero sí con la intención de observar a toda la gente que me cruzaba, pues todo lo que quería era encontrar un rostro familiar, escuchar una voz conocida y estrechar una mano amiga, reconocer un lugar, una tienda o un café, distinguir un acento o alguna expresión, quería finalmente saber en dónde me encontraba, distinguir un aroma, un olor o un sabor a domingo. Caminé por horas y nada de esto sucedió. Entré en una gran tienda por departamentos y traté de conseguir algo que debiera comprar, uno siempre necesita algo, pero no encontré nada, o por lo menos nada que yo necesitara. Sólo encontré que la música de ambiente en la tienda era realmente desagradable y repetitiva, pero no lo internalicé sino hasta después de haber pasado más de una hora en ese establecimiento. Era realmente nefasta: melodías instrumentales navideñas con valores de producción paupérrimos, no podía soportarla ni un minuto más. Tomé un paquete de medias deportivas, fue lo primero que conseguí a la mano, y me dirigí a la caja, no quise salir sin pagar nada porque un vigilante había seguido mis pasos durante los últimos 15 minutos, seguramente mi actitud no había sido la más aceptable para un mall o shopping o como sea que se le llame a estos recintos en este lugar que desconozco.
Coloqué las medias sobre el mostrador. La cajera las tomó, aplicó el lector optico sobre el código de barras y guardó el paquete en una bolsa con el logo de la tienda. Vi el monto que debía pagar y era superior al que pensé haber visto en el anaquel. Pensé que las medias costaban sesenta mil ¿No tienen un descuento especial? Marcan cien mil, déjame revisar, tal vez el sistema no está reconociendo la promoción, me respondió. Sí, debe ser eso, creo haber visto en el anaquel que cuestan sesenta mil. Un segundo, ya llamo al gerente. Levantó el teléfono y solicitó al gerente, que apareció a los pocos segundos. Revisaron la etiqueta, consultaron una lista de las ofertas del departamento e intentaron nuevamente con el lector óptico, que marcó nuevamente cien mil sobre la pantalla de la caja. Disculpa, estamos teniendo problemas con el sistema, no está reconociendo varias de las promociones, pero no te preocupes, ya vamos a resolver. ¿Entonces sí cuesta sesenta mil? Sí, cuesta sesenta mil. Eso pensé, respondí más para mí mismo, y sin embargo lo hice en voz alta. Es un problema con el sistema, los programadores no han ingresado aún todas las mercancías con descuentos, pero no te perocupes, ya vamos a resolver. Era un problema con mi sistema también, porque creí que pensaba cuando hablaba en voz alta en una situación en la que reclamaba por precios que no sabía si eran muy altos o muy bajos, y aún allí, después de varios minutos de interacción, no sabía si hablaba en mi idioma o en algún dialecto de ensueño. Sonreí, le di las gracias y me di la vuelta.
En ese momento reconocí a Rossana, que durante años fue la mujer que más quise en mi vida y que mantenía inquebrantable su belleza. Pero, a diferencia de lo que pensé durante todos los años que pasé sin verla, su presencia no logró cortarme el aliento. Di un paso para saludarla, pero me detuve, la vi detalladamente y luego me volví nuevamente hacia la caja. Sentí su mirada clavada en mi cuello por unos instantes, y cuando volteé nuevamente ella miraba a algún lugar lejano, quizás simulando no haberme visto, y después de un par de segundos continuó su andar elegante, el mismo andar con el que la vi acercarse aquel día tan lejano ahora, bajo las luces distorsionada en colores de vitrales del rosetón, y que incidían en ese corredor que yo veía desde el altar. Fue un andar que no pude soportar, el de aquella vez, pero no el de esta ocasión.
La perdí de vista, esta vez, igual que aquel día menos lejano que aquel del pasillo bañado de luces filtradas por cristales multicromáticos de rosetones y vitrales. La perdí como aquel día menos lejano en el que decidimos separarnos, la perdí de vista como la había perdido aquel día anterior en el pasillo bañado de esa luz colorizada, día, luz y pasillo aquellos en los que supe que no habría nada que pudiera evitar que un día, menos lejano ahora, la perdiera de vista tal vez para siempre y de forma definitiva.
De pronto la música se me hizo nuevamente insoportable, ahora, en esta realidad y no en el recuerdo.
Supe finalmente dónde me encontraba.
Sonreí nuevamente, esta vez con un poco de sorna, volteé y pagué los sesenta mil y le pregunté al gerente de la tienda si no estaba harto de escuchar esa música. Sonrió también, él un poco resignado. La tendremos hasta la semana que viene… pero por lo menos nos sirve para saber qué hora es, todos los días es exactamente igual. Gracias, le respondí, mientras pensaba que a mí también me había servido para saber cuándo y dónde estaba.
Caminé y enseguida me volví sobre mis pasos hasta la caja nuevamente. Disculpa, ¿qué día es hoy?, pregunté absolutamente seguro de la respuesta que iba a obtener. Domingo, me contestó. Y sin embargo… no huele a domingo, ¿no crees? Sonrió, y al no saber qué responder bajó la mirada, un poco nervioso. Sonreí yo también, sin sorna ni resignación, sólo una sonrisa. Me fui de la tienda.
De vuelta en el enorme estacionamiento perdí la orientación, pero tras caminar un par de minutos llegué hasta el auto que reconocí como el que había utilizado para llegar hasta donde estaba, que seguía sin reconocer como mío pero que en el fondo sabía que era el mío. Observé el choque en el guardafango, no era gran cosa. Saqué las llaves del enrome bolsillo de la chaqueta y desactivé la alarma justo en el instante en el que alguien desactivaba la de un auto que se encontraba cerca del mío.
Era Rossana.
La vi y ella me vio. Bajó la mirada un instante y sonrió, una mueca casi de dolor, luego volvió a mirarme. Caminé hasta ella. La besé en la mejilla y la rodeé con un abrazo ligero. ¿Cómo has estado? Le pregunté tardíamente, después de pasar varios segundos uno junto al otro y varios otros separados pero tomados de las manos, mirándonos como se mira a quien apenas se reconoce después de tanto tiempo. He estado bien gracias, ¿y tú? No respondí, simplemente la observé entera y al volver a ver sus ojos sonreí pero no sólo una sonrisa, sino una sonrisa y un recuerdo.
Te vi en la tienda allá arriba, pensé que me habías visto. Bajó la mirada y abrió la boca, pero no logró articular ninguna palabra. Volvió a verme y esta vez me vio con una sonrisa, pero no sólo una sonrisa sino una sonrisa y tristeza. Pensé haberte visto pero al final creo que no te reconocí, me dijo, aunque en realidad te reconocí pero pensé que no eras tú, es decir… (y al escuchar mi breve silencio dio vuelta a sus ojos, ahora brillantes) no sé.
Parpadeó rápidamente y apretó los labios y con eso yo apreté sus manos. Bajó la mirada y suspiró. Luego volvió a verme, ya recompuesta. Tú tampoco me saludaste, agregó. Iba a hacerlo, pero te perdí de vista. Igual que aquel día, me contestó.
Esta vez yo bajé la mirada y hablé con la vista pegada al piso.
- Aquel día lejano.
- Para mí no lo es tanto…
Levanté la vista rápidamente.
- ¿No lo es qué?
- Lejano, para mí no es lejano.
Y al decir esto, lentamente soltó mis manos.
Se quedó de pie, frente a mí, viéndome, yo quedé de pie, frente a ella, mirándola, y el tiempo se detuvo para vernos o mirarnos por lo menos por un instante. Intentó hablar, pero nuevamente se quedó sin palabras, tal vez sin aliento. Yo busqué dentro de mí, traté de sentir algo y no pude. Busqué en su mirada, busqué en sus ojos verdes e intenté nuevamente sentir algo, pero tampoco encontré nada. Vi que ella miró al cielo. ¡Qué bella está la luz! Sí, está bella, dije, pero en realidad yo no veía luz alguna sino sus labios hablar, y seguía sin encontrar nada. Me vio nuevamente.
- Debes haber extrañado muchas cosas…
- No tantas… bueno, sí, algunas.
- Tus amigos, supongo.
- Siempre se les extraña. Y a la familia.
- ¿La oficina?
- Para nada.
- Claro…
-…
- La calle de los domingos, ¿no te hizo falta su olor?
- Sí, un poco. Aún me hace falta.
Ella movió sus manos y tomó el cuello de mi sobretodo, acomodándolo, como siempre solía hacerlo alguna vez antes de que saliera de casa.
Estuviste mucho tiempo afuera, me dijo, no sé cuánto tiempo ya. Sonrió, y por primera vez su sonrisa fue alegre ¿Cuándo volviste? No sabía que habías vuelto.
Yo la vi directo a sus ojos, verdes, y busqué muy dentro de ellos y de mí aquel recuerdo que me hiciera quedar sin aliento. Y al no encontrar nada miré alrededor y me encontré nuevamente en un lugar nuevo, aunque era el lugar en el que ya estaba y había estado antes.
Le sonreí, pero no sólo una sonrisa, sino una sonrisa y un recuerdo olvidado:
- Yo ya no sé cuándo volví o siquiera si he vuelto alguna vez.
¿Puede alguien imaginar un domingo que no huela a domingo? Yo no puedo, por eso estaba perdido.
Al principio me invadió el pánico, mirando a mi alrededor me di cuenta de que no conocía a nadie. ¿Dónde estaba entonces? Hace un par de días estaba en una ciudad lejana en la que no conocía a nadie. ¿Acaso no había salido ya de esa ciudad, no había vuelto de aquel viaje? ¿Por qué estaba nuevamente solo? Caminé y seguí sin reconocer tipologías o rostros, traté de evaluar las conductas y ninguna me pareció familiar. Una señora cruzó mi camino y le habló a su hija, fui incapaz de entender su conversación, pero sentí o quise sentir que estaban hablando en mi mismo idioma.
Entonces ya no estaba en la ciudad lejana en la que no conocía a nadie y de la que había vuelto un par de días atrás. ¿Dónde estaba entonces? Antes de esa ciudad lejana había estado en otras dos en las que conocía y conocí a muy poca gente. En la primera de ellas se hablaba una lengua distinta a la mía, en la segunda se hablaban dos idiomas, incluyendo este en el que me expreso. ¿Estaba de vuelta en esa ciudad?
Salí del lugar al que había entrado sin siquiera darme cuenta que había entrado en lugar alguno. Me encontré nuevamente en la calle que pensaba era la de los domingos, lo había olvidado por un instante o simplemente no terminaba de internalizarlo, como nada del resto de las cosas. La calle de los domingos… Pero aún no estaba del todo convencido de estar en la calle de los domingos porque no podía distinguir su color ni su olor o sabor. Claro, pensé, seguramente hoy no es domingo, es lo más lógico, a veces uno olvida los detalles más elementales. Los domingos son los días en los que fruteros y verduleros instalan su mercado, el viejo del jugo de caña se coloca al lado del teléfono público destartalado, se oyen las campanadas de la gran catedral vecina y un fuerte olor a café colado se cuela por las calles más angostas del vecindario, calles coleadas de épocas pasadas. En las más amplias y modernas sólo huele a smog y a civilización con gasolina sin plomo.
Los fruteros, verduleros, el café. Esas son las cosas de los domingos y ni una sola de ellas pude reconocer.
Caminé hasta conseguir una venta de periódicos. Tomé un diario y lo hojeé disparatadamente. Muy mal, hoy es domingo, pero entonces no se trata de uno de los domingos que te hablé, porque esos siempre tienen su olor a domingo. ¿Dónde estoy?
Dejé el periódico nuevamente en el anaquel después de cerrar nuevamente sus pliegues y de haber visto sin observar su nombre irreconocible y sus páginas en blanco y negro y alguna publicidad a color que tampoco logré identificar. Lo puse nuevamente en el anaquel y creo que el encargado del puesto me reclamó algo que no escuché o que escuché pero no atendí o no entendí, así como había pasado mi vista por varias noticias que vi pero no entendí y de la misma forma como leí en todas las páginas la fecha, domingo 30 de diciembre, sin lograr en ninguna de las ocasiones entender cómo era posible que fuera domingo, realmente domingo otra vez.
Caminé nuevamente por la calle que conocía pero no reconocía y me sentí indefenso, por lo que no me quedó más que volver a casa.
Permanecí el resto del día acostado, sin ánimos de hacer nada, pues cualquier cosa que hiciera no sabría si realmente la estaba haciendo o no. Esperé o soñe que esperaba por horas despertar, sobresaltarme y abrir los ojos de forma repentina y con un poco de susto y así lograr nuevamente encontrar la realidad, ubicarme no ubicuo y finalmente entender lo que sucedía y, sobre todo, saber en dónde me encontraba y si realmente era domingo. Pero no, aunque creía que lo hacía, aunque me sentía desposeído de mis propias facultades y de mi discernimiento, aunque me sentía ajeno a las sábanas y la habitación y su techo, aunque todo lo que me rodeaba destilaba un fuerte hedor onírico, no pude saber si despertaba o seguía dormido, tal vez porque ya estaba despierto o soñaba con los ojos abiertos. En ese mal sueño mío que tal vez nunca soñé seguí esperando y tratando de despertar hasta que desperté, y continué con las actividades básicas de la vida, comí, dormí y desperté nueva y repetidamente, oriné, hablé con mis parientes, cagué y repetí esas actividades una y otra vez por los siguientes días sin poder desprenderme del extrañamiento que se posaba sobre mis hombros y que me hundía en unos días de desconcierto absoluto.
Cuando me atreví a salir de casa nuevamente, o soñaba que eso hacía, manejé en un auto que se me hacía ajeno a pesar de ser el mío propio, o por lo menos eso creía. Crucé en esquinas distintas con los nombres que ya conocía, me detuve en semáforos insospechadamente familiares y atravesé vecindarios y lugares en los que no me perdí por conocer de sobrada memoria pero que no logré identificar. En un momento dado toqué la bocina desesperadamente esperando que la mujer que aparcaba del otro lado de la calle volteara y me reconociera, pero no pasó ni una ni otra cosa, no sé ni siquiera si toque la bocina para que alguien voltease y me reconociese, y nunca pudieron haber sucedido ambas, o ninguna de ellas, esa mujer no habría podido reconocerme puesto que nunca habíamos sido presentados, por lo menos yo no la habría reconocido si realmente la conociese.
Aceleré y traté de conducir a un lugar donde pudiera encontrar mucha gente, pero en el trayecto me di cuenta de que no sabía o no sabría jamás a dónde dirigirme.
Finalmente pude llegar a un centro comercial. Estacionando el auto golpeé una pared con el guardafango. Apagué el motor y me bajé y observé el daño que había ocasionado y no supe evaluar si había sido leve o no tanto. Alcé la mirada y vi la hilera de autos aparcados, luego levanté el brazo y vi en mi mano un llavero que nunca había visto ¿O sí? En él estaban las llaves del auto, de ese auto que no se parecía al mío, esas llaves de ese auto extraño en un llavero extraño. Entré en pánico, lo que me faltaba en este sueño lúcido surreal era convertirme en ladrón de autos. Cerré los seguros de las puertas, activé la alarma y guardé la llave en el bolsillo del jean. Caminé y no aguanté el contacto del llavero con mi pierna derecha, no soportaba el peso de ese puñado de llaves robado. Saqué el manojo del jean y lo lancé en el bolsillo de la chaqueta, espacioso y profundo.
Entré en el centro comercial y caminé sin rumbo pero sí con la intención de observar a toda la gente que me cruzaba, pues todo lo que quería era encontrar un rostro familiar, escuchar una voz conocida y estrechar una mano amiga, reconocer un lugar, una tienda o un café, distinguir un acento o alguna expresión, quería finalmente saber en dónde me encontraba, distinguir un aroma, un olor o un sabor a domingo. Caminé por horas y nada de esto sucedió. Entré en una gran tienda por departamentos y traté de conseguir algo que debiera comprar, uno siempre necesita algo, pero no encontré nada, o por lo menos nada que yo necesitara. Sólo encontré que la música de ambiente en la tienda era realmente desagradable y repetitiva, pero no lo internalicé sino hasta después de haber pasado más de una hora en ese establecimiento. Era realmente nefasta: melodías instrumentales navideñas con valores de producción paupérrimos, no podía soportarla ni un minuto más. Tomé un paquete de medias deportivas, fue lo primero que conseguí a la mano, y me dirigí a la caja, no quise salir sin pagar nada porque un vigilante había seguido mis pasos durante los últimos 15 minutos, seguramente mi actitud no había sido la más aceptable para un mall o shopping o como sea que se le llame a estos recintos en este lugar que desconozco.
Coloqué las medias sobre el mostrador. La cajera las tomó, aplicó el lector optico sobre el código de barras y guardó el paquete en una bolsa con el logo de la tienda. Vi el monto que debía pagar y era superior al que pensé haber visto en el anaquel. Pensé que las medias costaban sesenta mil ¿No tienen un descuento especial? Marcan cien mil, déjame revisar, tal vez el sistema no está reconociendo la promoción, me respondió. Sí, debe ser eso, creo haber visto en el anaquel que cuestan sesenta mil. Un segundo, ya llamo al gerente. Levantó el teléfono y solicitó al gerente, que apareció a los pocos segundos. Revisaron la etiqueta, consultaron una lista de las ofertas del departamento e intentaron nuevamente con el lector óptico, que marcó nuevamente cien mil sobre la pantalla de la caja. Disculpa, estamos teniendo problemas con el sistema, no está reconociendo varias de las promociones, pero no te preocupes, ya vamos a resolver. ¿Entonces sí cuesta sesenta mil? Sí, cuesta sesenta mil. Eso pensé, respondí más para mí mismo, y sin embargo lo hice en voz alta. Es un problema con el sistema, los programadores no han ingresado aún todas las mercancías con descuentos, pero no te perocupes, ya vamos a resolver. Era un problema con mi sistema también, porque creí que pensaba cuando hablaba en voz alta en una situación en la que reclamaba por precios que no sabía si eran muy altos o muy bajos, y aún allí, después de varios minutos de interacción, no sabía si hablaba en mi idioma o en algún dialecto de ensueño. Sonreí, le di las gracias y me di la vuelta.
En ese momento reconocí a Rossana, que durante años fue la mujer que más quise en mi vida y que mantenía inquebrantable su belleza. Pero, a diferencia de lo que pensé durante todos los años que pasé sin verla, su presencia no logró cortarme el aliento. Di un paso para saludarla, pero me detuve, la vi detalladamente y luego me volví nuevamente hacia la caja. Sentí su mirada clavada en mi cuello por unos instantes, y cuando volteé nuevamente ella miraba a algún lugar lejano, quizás simulando no haberme visto, y después de un par de segundos continuó su andar elegante, el mismo andar con el que la vi acercarse aquel día tan lejano ahora, bajo las luces distorsionada en colores de vitrales del rosetón, y que incidían en ese corredor que yo veía desde el altar. Fue un andar que no pude soportar, el de aquella vez, pero no el de esta ocasión.
La perdí de vista, esta vez, igual que aquel día menos lejano que aquel del pasillo bañado de luces filtradas por cristales multicromáticos de rosetones y vitrales. La perdí como aquel día menos lejano en el que decidimos separarnos, la perdí de vista como la había perdido aquel día anterior en el pasillo bañado de esa luz colorizada, día, luz y pasillo aquellos en los que supe que no habría nada que pudiera evitar que un día, menos lejano ahora, la perdiera de vista tal vez para siempre y de forma definitiva.
De pronto la música se me hizo nuevamente insoportable, ahora, en esta realidad y no en el recuerdo.
Supe finalmente dónde me encontraba.
Sonreí nuevamente, esta vez con un poco de sorna, volteé y pagué los sesenta mil y le pregunté al gerente de la tienda si no estaba harto de escuchar esa música. Sonrió también, él un poco resignado. La tendremos hasta la semana que viene… pero por lo menos nos sirve para saber qué hora es, todos los días es exactamente igual. Gracias, le respondí, mientras pensaba que a mí también me había servido para saber cuándo y dónde estaba.
Caminé y enseguida me volví sobre mis pasos hasta la caja nuevamente. Disculpa, ¿qué día es hoy?, pregunté absolutamente seguro de la respuesta que iba a obtener. Domingo, me contestó. Y sin embargo… no huele a domingo, ¿no crees? Sonrió, y al no saber qué responder bajó la mirada, un poco nervioso. Sonreí yo también, sin sorna ni resignación, sólo una sonrisa. Me fui de la tienda.
De vuelta en el enorme estacionamiento perdí la orientación, pero tras caminar un par de minutos llegué hasta el auto que reconocí como el que había utilizado para llegar hasta donde estaba, que seguía sin reconocer como mío pero que en el fondo sabía que era el mío. Observé el choque en el guardafango, no era gran cosa. Saqué las llaves del enrome bolsillo de la chaqueta y desactivé la alarma justo en el instante en el que alguien desactivaba la de un auto que se encontraba cerca del mío.
Era Rossana.
La vi y ella me vio. Bajó la mirada un instante y sonrió, una mueca casi de dolor, luego volvió a mirarme. Caminé hasta ella. La besé en la mejilla y la rodeé con un abrazo ligero. ¿Cómo has estado? Le pregunté tardíamente, después de pasar varios segundos uno junto al otro y varios otros separados pero tomados de las manos, mirándonos como se mira a quien apenas se reconoce después de tanto tiempo. He estado bien gracias, ¿y tú? No respondí, simplemente la observé entera y al volver a ver sus ojos sonreí pero no sólo una sonrisa, sino una sonrisa y un recuerdo.
Te vi en la tienda allá arriba, pensé que me habías visto. Bajó la mirada y abrió la boca, pero no logró articular ninguna palabra. Volvió a verme y esta vez me vio con una sonrisa, pero no sólo una sonrisa sino una sonrisa y tristeza. Pensé haberte visto pero al final creo que no te reconocí, me dijo, aunque en realidad te reconocí pero pensé que no eras tú, es decir… (y al escuchar mi breve silencio dio vuelta a sus ojos, ahora brillantes) no sé.
Parpadeó rápidamente y apretó los labios y con eso yo apreté sus manos. Bajó la mirada y suspiró. Luego volvió a verme, ya recompuesta. Tú tampoco me saludaste, agregó. Iba a hacerlo, pero te perdí de vista. Igual que aquel día, me contestó.
Esta vez yo bajé la mirada y hablé con la vista pegada al piso.
- Aquel día lejano.
- Para mí no lo es tanto…
Levanté la vista rápidamente.
- ¿No lo es qué?
- Lejano, para mí no es lejano.
Y al decir esto, lentamente soltó mis manos.
Se quedó de pie, frente a mí, viéndome, yo quedé de pie, frente a ella, mirándola, y el tiempo se detuvo para vernos o mirarnos por lo menos por un instante. Intentó hablar, pero nuevamente se quedó sin palabras, tal vez sin aliento. Yo busqué dentro de mí, traté de sentir algo y no pude. Busqué en su mirada, busqué en sus ojos verdes e intenté nuevamente sentir algo, pero tampoco encontré nada. Vi que ella miró al cielo. ¡Qué bella está la luz! Sí, está bella, dije, pero en realidad yo no veía luz alguna sino sus labios hablar, y seguía sin encontrar nada. Me vio nuevamente.
- Debes haber extrañado muchas cosas…
- No tantas… bueno, sí, algunas.
- Tus amigos, supongo.
- Siempre se les extraña. Y a la familia.
- ¿La oficina?
- Para nada.
- Claro…
-…
- La calle de los domingos, ¿no te hizo falta su olor?
- Sí, un poco. Aún me hace falta.
Ella movió sus manos y tomó el cuello de mi sobretodo, acomodándolo, como siempre solía hacerlo alguna vez antes de que saliera de casa.
Estuviste mucho tiempo afuera, me dijo, no sé cuánto tiempo ya. Sonrió, y por primera vez su sonrisa fue alegre ¿Cuándo volviste? No sabía que habías vuelto.
Yo la vi directo a sus ojos, verdes, y busqué muy dentro de ellos y de mí aquel recuerdo que me hiciera quedar sin aliento. Y al no encontrar nada miré alrededor y me encontré nuevamente en un lugar nuevo, aunque era el lugar en el que ya estaba y había estado antes.
Le sonreí, pero no sólo una sonrisa, sino una sonrisa y un recuerdo olvidado:
- Yo ya no sé cuándo volví o siquiera si he vuelto alguna vez.
jueves, 17 de mayo de 2007
El plan divino de la estrategia organizacional
La reunión mañana por la mañana
Nada puede ponerme de peor humor que una reunión laboral pautada a primera hora de la mañana. El encuentro de trabajo iniciando el día sólo puede significar el mal inicio de algo que ya, per se, es una tortura descomunal: la rutina diaria de la oficina.
A mí, el inicio de la desgracia me llega siempre el día anterior entre seis y siete de la noche, cuando, por algún bizarro y desconocido mecanismo de autodestrucción mental, recuerdo que tengo esa cita pendiente para la próxima jornada laboral. Esta primera y violenta estocada viene seguida por el acto mecánico de revisar en el calendario –mejor dicho, en uno de los tres calendarios físicos y otros dos virtuales que empleo y lleno de anotaciones de todo tipo y casi siempre utilizo para verificar lo desgraciado que seré mañana en la mañana– y corroborar que esa revelación de último momento de la tarde es siempre verdadera. Porque, en ese sentido, mi mente, funcionando como un pasquín amarillista vespertino –siempre lleno de malas noticias–, se ha acostumbrado a jugarme indefectiblemente la pesada broma de recordarme, siempre de forma inevitablemente certera, que mañana habrá una “Reunión de Status sobre el Proyecto de Desarrollo de Oportunidades Orientadas al Aprovechamiento de los Recursos Preparados para el Buen Funcionamiento de la Organización y Lograr de esa Forma el Cumplimiento de los Objetivos Estratégicos de la Corporación”, o algo similar o en el mismo estilo incomprensible, siempre, eso también siempre, incomprensible, el motivo de la reunión.
He descubierto para mi infelicidad, y creo que la de muchos otros que se encuentran en la misma situación que yo, que este tipo de evento corporativo, muy común en organizaciones sumamente organizadas y con una estructura interna muy jerarquizada, suele ser pautado los días viernes, día en el que al miembro promedio de los niveles medios y bajos de la corporación no le queda prácticamente ni una sola neurona en normal funcionamiento, bien sea por el afán esclavista de todo buen jefe de una empresa con historia de rentas exitosas o por el afán del trabajador de olvidar, sistemáticamente, todas las noches y por medio del alcohol, el afán esclavista de su patrono.
En algunos casos, no muy extraños tampoco, estas reuniones pueden ser pautadas cualquier otro día de la semana, lo cual no disminuye el dramatismo de la situación: además del inevitable recordatorio del día anterior entre seis y siete de la noche, se sumarán circunstancias extraordinarias que parecen formar parte del plan divino de la estrategia organizacional del Siglo XXI: esa noche, la anterior a la reunión a primera hora de la mañana, o bien hay que hacer una entrega urgente de la “Propuesta de Negocio y Comunicación Dirigida a los Públicos Alternativos y Nuevos Mercados Buscando la Maximización de la Ganancia y la Reducción de la Inversión de Capital Monetario y Humano”, o se presenta la “Fiesta Anual de Reencuentro de las Oficinas Regionales Destinada a Fortalecer los Lazos y Aumentar la Sinergia en la Organización”. No importa cuál, ambas son incomprensibles, insufribles e inevitables, y, nuevamente, llevan al trabajador a esa situación de desgracia laboral que es el esclavismo o la alcoholización para olvidar el esclavismo.
Nunca son buenas noches esas que vienen antes de una reunión a primera hora de la mañana, el sueño nunca viene fácil, miles de pensamientos revolotean en la oscuridad que rodea a la cama, o la deshidratación inclemente consecuencia del exceso de “espirituosidad” en el cuerpo, nos impide lograr el descanso merecido. Es bastante probable también que justo esa noche el vecino esté celebrando las Bodas de Oro de sus abuelos, en un despliegue inigualable de mal gusto que incluye reggaetón y merengue de los ochenta saliendo por unos parlantes que, a juzgar por como suenan, deben ser también bien ochentosos, niños corriendo y gritando por el patio trasero y viejas con voz ronca alquitranada riéndose siempre a todo volumen en grupos de más de cinco.
Ya habiendo conciliado el sueño, aparecen unas imágenes muy difusas, pero con un diálogo inevitablemente presente:
-¡Shiamo! ¡Dame la llave conio!
-¡No chamo! No te voy a dar las llaves porque estás muy rascao´, guón.
- Cállate afffeminao’, que yo empezzé a manejá cuando tú todavía te cagabas encima los pan... (eructo) talones...
- No le des las llaves mi vida, está demasiado borracho.
- ¡Cállate pajúa! Tú lo que necesita ej un macho que te eche una buena cogía...
De pronto, un golpe seco.
- (quejumbroso) Aaaaaaayyy...
- Coñoelamadre... ve y busca ahí a Rolando, dile que este guevón no puede manejar ni de vaina...
Los ojos abiertos y la continuidad de las voces sirven para comprobar que no todo era sueño, sino que los borrachos de todas las reuniones vecinas están haciendo lo que les es propio: rematar con broche de oro la celebración de las bodas de oro.
- (sufriendo): uuuuurrrggghhh... (luego una tos ahogada)
- Maldito cerdo de mierda...
Habrá que contar ovejas nuevamente para poder volver a quedar dormido. Siete, ocho, nueve diez once... Este idiota vomitando en la calle y yo mañana en la mañana tengo reunión... Diecisiete, dieciocho diecinueve...
Las mañanas en las que tenemos reuniones a primera hora de la mañana son siempre iguales, y por siempre iguales simplemente quiero decir que son difíciles. Nunca podemos despertarnos a la hora que deberíamos, que es por lo menos media hora antes que de costumbre, para poder llegar a “primera hora” a la oficina –está de más decir que nunca llegamos a esas horas de la madrugada a la oficina–. Esas son las mañanas en las que no escuchamos el despertador, o justo la mañana en la que, a ese mal aventurado prodigio de la era industrial, le da por quedarse sin baterías. Son casi siempre mañanas en las que uno despierta con dolor de cabeza, sea por resaca, sea por mal sueño. Son las mañanas en las que no nos alcanza el agua caliente en la ducha y en realidad no nos importa, porque estamos tan apurados que el duchazo es una simple excusa para echar agua bajo las axilas y mojarse el pelo y procurar un peinado más o menos presentable para la reunión. Las mañanas con reuniones a primera hora de la mañana son en las que corremos con los pantalones a medio poner, la camisa aún desabotonada, las trenzas desatadas y cuando estamos saliendo de la casa tenemos que regresarnos porque hemos olvidado cepillarnos los dientes, tropezamos con el borde de la mesa de las llaves y nos fracturamos el dedo meñique, mentamos la madre de la mesa (no tiene, pero se la mentamos, “¡el coño e’ tu madre mesa de mierda!”) y luego nos rompemos la encía cepillándonos a toda velocidad sin vernos en el espejo.
Está comprobado científicamente y sin lugar a ninguna duda que los días en los que uno está muy apurado son los días en los que peor está el tráfico en la ciudad. Partiendo de este planteamiento resulta absolutamente lógico decir a continuación que las mañanas con reuniones a primera hora son las mañanas en las que las calles están absolutamente colapsadas. Carros accidentados, semáforos dañados, abuelitas atropelladas y camiones de mezcla de cemento van sucediéndose en el tortuoso recorrido al lugar de trabajo. En este tipo de mañanas llegar con vida y con el auto entero a la oficina es una hazaña digna de libro de récords, o por lo menos un logro propio para ser narrado en una reunión con los amigos –una de esos encuentros en los que bebemos hasta poder olvidar el sistema esclavista al que pertenecemos– e incluso susceptible de pasar a los anales de la historia personal y familiar, para cuando seamos abuelos y no tengamos mejores cuentos que contarle a los nietos.
Pero lo peor, lo más insoportablemente triste, lo inexplicable e incomprensible de las reuniones a primera hora de la mañana, es que cuando logramos llegar a la oficina, estacionamos el carro, bajamos y corriendo tenemos que parar y volver en nuestros pasos porque se nos cayó la carpeta en la que llevábamos impresa toda la presentación o la propuesta o el boceto o la trascripción o la agenda o lo que sea que esté relacionado con la reunión, después de todo esto y de subirnos en el ascensor y comprobar que vamos con quince minutos de retraso que no es tan grave, después de llegar a la sala de conferencia con una gota de sudor cayendo por la sien derecha, después de abrir la puerta y darnos cuenta de que falta más de la mitad del aforo, incluyendo todos los pesos pesados que fueron invitados, después de todo eso y de que hagan bromas porque llegamos corriendo y con mala cara y con los lentes oscuros puestos aún, después de todo eso y de tomarnos una botella de agua mineral de tercio de litro en cuestión de diez segundos y medio, se nos pasa por la mente la siguiente frase:
- Menos mal que no ha empezado la reunión...
Como por un instante olvidar que lo que viene, que esa reunión de primera hora de la mañana a la que todos debíamos llegar puntuales, la reunión para discutir los Pasos a Seguir para la Reestructuración de los Procedimientos de Producción Dirigidos a los Públicos de los que no sé ya Nada y no me Importa ya Media Mierda Nada, como por un instante, decía, olvidar que esa reunión es lo próximo que tenemos que enfrentar en esta tan dificultosa vida oficinesca y además olvidar también lo que ya sabemos, que es que, muy seguramente, esa reunión va a ser una absoluta pérdida de tiempo que ya nos hizo perder tiempo, sueño y energía vital, y que, para colmo de males, es sólo el inicio de lo que ya sabemos que es una tortura descomunal: la rutina diaria de la oficina.
- ¿Qué? ¿Yo de mal humor? No vale, es que no dormí muy bien...
Y con cierto disimulo quitarnos los lentes oscuros y restregarnos con dos dedos los ojos.
Nada puede ponerme de peor humor que una reunión laboral pautada a primera hora de la mañana. El encuentro de trabajo iniciando el día sólo puede significar el mal inicio de algo que ya, per se, es una tortura descomunal: la rutina diaria de la oficina.
A mí, el inicio de la desgracia me llega siempre el día anterior entre seis y siete de la noche, cuando, por algún bizarro y desconocido mecanismo de autodestrucción mental, recuerdo que tengo esa cita pendiente para la próxima jornada laboral. Esta primera y violenta estocada viene seguida por el acto mecánico de revisar en el calendario –mejor dicho, en uno de los tres calendarios físicos y otros dos virtuales que empleo y lleno de anotaciones de todo tipo y casi siempre utilizo para verificar lo desgraciado que seré mañana en la mañana– y corroborar que esa revelación de último momento de la tarde es siempre verdadera. Porque, en ese sentido, mi mente, funcionando como un pasquín amarillista vespertino –siempre lleno de malas noticias–, se ha acostumbrado a jugarme indefectiblemente la pesada broma de recordarme, siempre de forma inevitablemente certera, que mañana habrá una “Reunión de Status sobre el Proyecto de Desarrollo de Oportunidades Orientadas al Aprovechamiento de los Recursos Preparados para el Buen Funcionamiento de la Organización y Lograr de esa Forma el Cumplimiento de los Objetivos Estratégicos de la Corporación”, o algo similar o en el mismo estilo incomprensible, siempre, eso también siempre, incomprensible, el motivo de la reunión.
He descubierto para mi infelicidad, y creo que la de muchos otros que se encuentran en la misma situación que yo, que este tipo de evento corporativo, muy común en organizaciones sumamente organizadas y con una estructura interna muy jerarquizada, suele ser pautado los días viernes, día en el que al miembro promedio de los niveles medios y bajos de la corporación no le queda prácticamente ni una sola neurona en normal funcionamiento, bien sea por el afán esclavista de todo buen jefe de una empresa con historia de rentas exitosas o por el afán del trabajador de olvidar, sistemáticamente, todas las noches y por medio del alcohol, el afán esclavista de su patrono.
En algunos casos, no muy extraños tampoco, estas reuniones pueden ser pautadas cualquier otro día de la semana, lo cual no disminuye el dramatismo de la situación: además del inevitable recordatorio del día anterior entre seis y siete de la noche, se sumarán circunstancias extraordinarias que parecen formar parte del plan divino de la estrategia organizacional del Siglo XXI: esa noche, la anterior a la reunión a primera hora de la mañana, o bien hay que hacer una entrega urgente de la “Propuesta de Negocio y Comunicación Dirigida a los Públicos Alternativos y Nuevos Mercados Buscando la Maximización de la Ganancia y la Reducción de la Inversión de Capital Monetario y Humano”, o se presenta la “Fiesta Anual de Reencuentro de las Oficinas Regionales Destinada a Fortalecer los Lazos y Aumentar la Sinergia en la Organización”. No importa cuál, ambas son incomprensibles, insufribles e inevitables, y, nuevamente, llevan al trabajador a esa situación de desgracia laboral que es el esclavismo o la alcoholización para olvidar el esclavismo.
Nunca son buenas noches esas que vienen antes de una reunión a primera hora de la mañana, el sueño nunca viene fácil, miles de pensamientos revolotean en la oscuridad que rodea a la cama, o la deshidratación inclemente consecuencia del exceso de “espirituosidad” en el cuerpo, nos impide lograr el descanso merecido. Es bastante probable también que justo esa noche el vecino esté celebrando las Bodas de Oro de sus abuelos, en un despliegue inigualable de mal gusto que incluye reggaetón y merengue de los ochenta saliendo por unos parlantes que, a juzgar por como suenan, deben ser también bien ochentosos, niños corriendo y gritando por el patio trasero y viejas con voz ronca alquitranada riéndose siempre a todo volumen en grupos de más de cinco.
Ya habiendo conciliado el sueño, aparecen unas imágenes muy difusas, pero con un diálogo inevitablemente presente:
-¡Shiamo! ¡Dame la llave conio!
-¡No chamo! No te voy a dar las llaves porque estás muy rascao´, guón.
- Cállate afffeminao’, que yo empezzé a manejá cuando tú todavía te cagabas encima los pan... (eructo) talones...
- No le des las llaves mi vida, está demasiado borracho.
- ¡Cállate pajúa! Tú lo que necesita ej un macho que te eche una buena cogía...
De pronto, un golpe seco.
- (quejumbroso) Aaaaaaayyy...
- Coñoelamadre... ve y busca ahí a Rolando, dile que este guevón no puede manejar ni de vaina...
Los ojos abiertos y la continuidad de las voces sirven para comprobar que no todo era sueño, sino que los borrachos de todas las reuniones vecinas están haciendo lo que les es propio: rematar con broche de oro la celebración de las bodas de oro.
- (sufriendo): uuuuurrrggghhh... (luego una tos ahogada)
- Maldito cerdo de mierda...
Habrá que contar ovejas nuevamente para poder volver a quedar dormido. Siete, ocho, nueve diez once... Este idiota vomitando en la calle y yo mañana en la mañana tengo reunión... Diecisiete, dieciocho diecinueve...
Las mañanas en las que tenemos reuniones a primera hora de la mañana son siempre iguales, y por siempre iguales simplemente quiero decir que son difíciles. Nunca podemos despertarnos a la hora que deberíamos, que es por lo menos media hora antes que de costumbre, para poder llegar a “primera hora” a la oficina –está de más decir que nunca llegamos a esas horas de la madrugada a la oficina–. Esas son las mañanas en las que no escuchamos el despertador, o justo la mañana en la que, a ese mal aventurado prodigio de la era industrial, le da por quedarse sin baterías. Son casi siempre mañanas en las que uno despierta con dolor de cabeza, sea por resaca, sea por mal sueño. Son las mañanas en las que no nos alcanza el agua caliente en la ducha y en realidad no nos importa, porque estamos tan apurados que el duchazo es una simple excusa para echar agua bajo las axilas y mojarse el pelo y procurar un peinado más o menos presentable para la reunión. Las mañanas con reuniones a primera hora de la mañana son en las que corremos con los pantalones a medio poner, la camisa aún desabotonada, las trenzas desatadas y cuando estamos saliendo de la casa tenemos que regresarnos porque hemos olvidado cepillarnos los dientes, tropezamos con el borde de la mesa de las llaves y nos fracturamos el dedo meñique, mentamos la madre de la mesa (no tiene, pero se la mentamos, “¡el coño e’ tu madre mesa de mierda!”) y luego nos rompemos la encía cepillándonos a toda velocidad sin vernos en el espejo.
Está comprobado científicamente y sin lugar a ninguna duda que los días en los que uno está muy apurado son los días en los que peor está el tráfico en la ciudad. Partiendo de este planteamiento resulta absolutamente lógico decir a continuación que las mañanas con reuniones a primera hora son las mañanas en las que las calles están absolutamente colapsadas. Carros accidentados, semáforos dañados, abuelitas atropelladas y camiones de mezcla de cemento van sucediéndose en el tortuoso recorrido al lugar de trabajo. En este tipo de mañanas llegar con vida y con el auto entero a la oficina es una hazaña digna de libro de récords, o por lo menos un logro propio para ser narrado en una reunión con los amigos –una de esos encuentros en los que bebemos hasta poder olvidar el sistema esclavista al que pertenecemos– e incluso susceptible de pasar a los anales de la historia personal y familiar, para cuando seamos abuelos y no tengamos mejores cuentos que contarle a los nietos.
Pero lo peor, lo más insoportablemente triste, lo inexplicable e incomprensible de las reuniones a primera hora de la mañana, es que cuando logramos llegar a la oficina, estacionamos el carro, bajamos y corriendo tenemos que parar y volver en nuestros pasos porque se nos cayó la carpeta en la que llevábamos impresa toda la presentación o la propuesta o el boceto o la trascripción o la agenda o lo que sea que esté relacionado con la reunión, después de todo esto y de subirnos en el ascensor y comprobar que vamos con quince minutos de retraso que no es tan grave, después de llegar a la sala de conferencia con una gota de sudor cayendo por la sien derecha, después de abrir la puerta y darnos cuenta de que falta más de la mitad del aforo, incluyendo todos los pesos pesados que fueron invitados, después de todo eso y de que hagan bromas porque llegamos corriendo y con mala cara y con los lentes oscuros puestos aún, después de todo eso y de tomarnos una botella de agua mineral de tercio de litro en cuestión de diez segundos y medio, se nos pasa por la mente la siguiente frase:
- Menos mal que no ha empezado la reunión...
Como por un instante olvidar que lo que viene, que esa reunión de primera hora de la mañana a la que todos debíamos llegar puntuales, la reunión para discutir los Pasos a Seguir para la Reestructuración de los Procedimientos de Producción Dirigidos a los Públicos de los que no sé ya Nada y no me Importa ya Media Mierda Nada, como por un instante, decía, olvidar que esa reunión es lo próximo que tenemos que enfrentar en esta tan dificultosa vida oficinesca y además olvidar también lo que ya sabemos, que es que, muy seguramente, esa reunión va a ser una absoluta pérdida de tiempo que ya nos hizo perder tiempo, sueño y energía vital, y que, para colmo de males, es sólo el inicio de lo que ya sabemos que es una tortura descomunal: la rutina diaria de la oficina.
- ¿Qué? ¿Yo de mal humor? No vale, es que no dormí muy bien...
Y con cierto disimulo quitarnos los lentes oscuros y restregarnos con dos dedos los ojos.
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