miércoles, 20 de junio de 2007

La vida accidentada

A Cori y Elio, recién casados

Una persona camina por la calle y pasa al lado de centenares de otras personas, y las ve o no o las ve pero no las observa, y sigue el trayecto de su caminata como si nada. ¿Y si alguna de esas personas era la persona? ¿Esa con la que se supone que es como la media mitad, el complemento perfecto, el par ideal? ¿Cómo es posible saberlo? ¿Cómo se hace para encontrar a ese otro entre esa gente de ese trayecto, entre ese centenar que después de diez días de recorrido ya sobrepasa los miles y que en el trayecto entero de la vida son millones, en distintas calles, lugares, ciudades y países?

Imposible saberlo. Un día se cambia el recorrido y en vez de la calle se va por el parque y del verdor florece esa persona que es esa persona sin duda alguna; florece el encuentro y florece un sentimiento verdadero, de esos que no marchita.

Pero en realidad, puede que esto nunca suceda.

La vida es una sucesión de accidentes, y en ella, la vida, o entre ellos, los accidentes, el encuentro de dos personas es una fortuna improbable. Saber que dos seres como ustedes, Cori, Elio, se encontraron y se unieron, es saber que ese azar, ese sino, ese albur o destino es improbable, pero también posible.

¡Felicidades! ¡Los quiero viejos!

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